lunes, 25 de noviembre de 2013

Dos copas de sangre dulce y un secreto.

-Póngase cómoda señorita LeBlanc -me dijo mostrándome una butaca de alcántara gris plateada.

La sala era inmensa de paredes blancas y lámparas de araña con cristales azul cielo. Por las ventanas entraba una luz tenue filtrada por las cortinas de seda beige. De una puerta del fondo salió una mujer demacrada con ojeras y con un delantal arrugado sucio.

-¿Queréis tomar algo?
-Sí -musité

Ella le pidió algo en un idioma desconocido, algo parecido al latín y la mujer desapareció todavía mas pálida de lo que ya estaba.
Al cabo de un rato volvió con un par de copas y una especie de tetera caliente, lo dejó encima de la mesilla de cristal y se marchó.

-¿De qué queríais hablarme LeBlanc? -cogió la copa y vació parte del contenido en ella, me la dió con cuidado y miré en su interior. Olía a hierro.
Lo acerqué a mis labios cortados por el frío e hice el primer sorbo y de repente las pupilas se me dilataron volviéndose tan negras como una noche sin Luna. Era la sangre mas dulce que jamás había probado.

-¿Es de vuestro agrado? -preguntó con picardía.
-Oh si... -gemí silenciosamente y bebí un trago más. Sentía fuego en mis entrañas, como si pudiera volar... Exquisita.- ¿de quién es?
-De mis mozas. Humanas que dan su sangre a cambio de un salario mensual y comida. La cuestión es no matarlas, o podría tener problemas...- se quedó callada absorbida por unos pensamientos que desconocía, luego me sonrió con tristeza- ésta sangre que estáis bebiendo es de la muchacha mas joven. La guardo para ocasiones especiales como la de vuestra llegada, Condesa.
Volví a beber.

-Bien pues... he venido para hablaros de algo un poco extraño... -empecé.
-Vuestra presencia en Eiswald ya es extraña de por si, LeBlanc -interrumpió ella- no suele venir nadie de Askejord, y menos vos.
-Señorita Rossetto, debo de decir que nuestros orígenes son de lo mas cercanos... mi madre conoció a vuestra- hice una pausa y esperé su reacción. Sus ojos helados seguían inmóviles, anclados en los míos negros como Sena. Continué- y mi padre también.
-Explicáros.
-Marine, una muy buena ayudante y amiga me contó que su madre lo vio todo desde muy cerca... vuestra tía. Se llamaba Alice y era la hermana gemela de vuestra madre. Ella vio como Lucca se enamoró perdidamente de..
-¿Quién os ha llamado para venir aquí, LeBlanc? -me interrumpieron.

Me giré para ver de donde procedía esa voz de mujer con esa rabia cargada en cada palabra, y entonces la vi, tal y como me había descrito Marine, una mujer hermosa de pelo muy oscuro y unos ojos duros e impenetrables como el hielo. Llevaba un vestido de un blanco crudo que parecía fusionarse con su piel y sus hermosos labios formaban una linea recta que daba escalofríos. Tendría unos treinta y cinco años.

-Alice... -dijo Christine levantándose de golpe con miedo y sorpresa.
-Te dije que estaba prohibida la entrada a todo aquel que viniera de las cenizas. Me has desobedecido Christine.
¿Alice? no... no podía ser cierto... ¿podría ser la madre de Marine? ¿la misma que las historias contaban? Debía de decir que el parecido entre Alice y Christine era notable: el mismo color de pelo, la misma mirada fría, la misma piel de porcelana...

-Alice, ella es la Condesa LeBlanc, estaba aquí para contarme algo -se defendió Christine.
-Algo que no debe ser hablado más, ya bastante daño hizo en esta familia -dijo mirándome con odio.

No sabía que decir, no entendía nada. ¿Porqué tanta hostilidad de repente?

-Debería irme... -susurré casi para mis adentros.
-Iros y no aparezcáis más por aquí -me espetó ella sin piedad.

Entonces me levanté y miré a Christine, que estaba con la mirada fijada en mi. Avancé por la sala para acercarme un poco a Alice, que continuaba en la puerta.

-Sois tal como vuestra hija Marine me contó, igual de bella y fría -le dije con algo de maldad.
-Y vos sois igualita que vuestra madre, la misma inmadurez e insensatez que Julie -respondió con odio.
-¿Porque me tratáis así sin conocerme? -hice una pausa y analicé lo que me acababa de decir- esperad... habéis dicho que conocisteis a mi madre, ¿verdad?
-Sí.
-¿Entonces porque sois así con su hija?
-Porque ella mató a mi hermana.

Empalidecí de repente. Me giré y vi a Christine con los labios entre abiertos, gruñendo, y con una rapidez extrema, los ojos se le aclararon hasta llegar a un amarillo dorado parecido a los de una leona. Cogió su arco y se abalanzó sobre mi en un grito ahogado. Yo desenvainé mis dos hachas de mano y fui derribando todas las flechas que me iba lanzando, cada vez mas agudas, pero ella llegó a mi y me cogió del cuello como un animal. Oí como Alice venía corriendo y con la mente dibujé un círculo de llamas a su alrededor que le impidieron avanzar. Me concentré para que mi piel se tornara insoportablemente caliente hasta quemar y Christine no tubo mas remedio que soltarme con las palmas de las manos quemadas y allí fue donde la estampé contra el suelo helado agarrándola de las muñecas.

-¡Christine eso que dice no es cierto! ¡no la escuchéis! -supliqué. En el fondo no quería hacerle daño a ninguna de las dos.- Por favor dejadme que os lo cuente todo y si no os cambio de idea me marcharé, os lo juro por mi tierra... por mi madre.

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