domingo, 1 de diciembre de 2013

Ya eres mía... solo mía.

Las puertas se abrieron de par en par y entraron dos hombres armados hasta los dientes, uno con una barba pronunciada y el otro rapado y con tatuajes por toda la cabeza. Esos hombres medían casi dos metros y sus ojos azules centellaban de rabia como dos perros contemplando a su presa. Alice gritó algo desde las llamas y los guardias vinieron a por mi.
Solté a Christine en cuanto el hombre tatuado se dispuso a darme en la cabeza con la maza de hierro, me agaché y con el hacha de mano que tenía mas cercana le apuñalé todo el estómago... pero no murió. Al deshincar el arma la herida se cerró sin dejar cicatriz, solo una leve marca de color mas claro. Por unos momentos había olvidado que a los eiswaldinos solo se les podía matar cortándoles el cuello hasta desangrarse o bien mi preferida, arrancarles el corazón.
Cogí mi otra hacha que estaba tirada en el suelo y con un movimiento rápido le corté la garganta. Cayó al suelo rendido, vertiendo su sangre azulada por las baldosas hasta que dejó ir su ultimo aliento. Y entonces pensé en Christine. Me giré para asegurarme de que no había sido herida aunque tampoco me tendría que preocupar ya que yo era la única “mortal” de la sala. Ella tenía el rostro desencajado con sus ojos muy abiertos mirándome fijamente. Notaba sus leves pulsaciones en mi piel como un hormigueo placentero de una brisa fría en verano. Yo era consciente de que mis ojos se habían vuelto completamente negros y que mi sangre se había vuelto corrosiva. Sus ojos se abrieron más y empalideció más de lo que ya era por naturaleza:

-¡No! -gritó con el terror escrito en sus ojos.

Cuando me di la vuelta el hombre de la barba me dio en la cabeza y caí desmayada ante la condesa de Eiswald, la cual me sostuvo entre sus brazos mientras mi alma se iba desvaneciendo de mi cuerpo, mis pulsaciones se iban diluyendo en un aleteo lejano y lento de las alas de una mariposa en llamas. Sabía que estaba sangrando mucho y que mi sangre color vino le iba quemando poco a poco las faldas de la condesa pero, por algún extraño motivo, no me dejó ir


Me desperté en una cama cubierta por pieles de un animal muy suave. Me sentía mareada y me dolía mucho la cabeza, como si me fuera a estallar en cualquier momento. Quise mover las manos pero me di cuenta que tenía unas cadenas abrazándome las muñecas, posiblemente para asegurarse quien fuera que me había atado de que no pudiera hacerle daño. Tampoco tenía esas intenciones... de momento.
Cuando aclaré mas el enfoque de mis ojos, me percaté de que alguien más estaba en la habitación, Christine.
Estaba clavada delante del ventanal como una estatua, tan inmóvil, tan perfecta, tan hermosa... esa mujer me fascinaba no solo por su belleza, sino por esa apariencia de niña pequeña. Ella al sentir unos ojos repasando su cuerpo se giró y me vio.

-Pensaba que tardarías más en despertar. -dijo con voz monótona.
-Gracias, yo también me alegro de que tu estés bien... -dije con sarcasmo.

Ella me miró con chispa en los ojos, aún así parecía recelosa. Normal, casi mato a su tía quemada y degollé a uno de sus guardias... era justo.

-Por un momento pensé que había muerto...
-Y lo estuviste, al menos por unos minutos -dijo sin inmutarse- te he salvado la vida LeBlanc.

Yo no entendí esa última frase hasta que me mostró en su brazo un pequeño rasguño apenas visible. Me había hecho beber de su sangre para que yo viviera... su sangre eterna y de aquel azul oscuro casi negra que parecía salida de los mismos cántaros sagrados del Olimpo. Su sangre que le hacía ser mía, mezclándose con el fuego de mis entrañas.

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