Las puertas se abrieron de par en par y
entraron dos hombres armados hasta los dientes, uno con una barba
pronunciada y el otro rapado y con tatuajes por toda la cabeza. Esos
hombres medían casi dos metros y sus ojos azules centellaban de
rabia como dos perros contemplando a su presa. Alice gritó algo
desde las llamas y los guardias vinieron a por mi.
Solté a Christine en cuanto el hombre
tatuado se dispuso a darme en la cabeza con la maza de hierro, me
agaché y con el hacha de mano que tenía mas cercana le apuñalé
todo el estómago... pero no murió. Al deshincar el arma la herida
se cerró sin dejar cicatriz, solo una leve marca de color mas claro.
Por unos momentos había olvidado que a los eiswaldinos solo se les
podía matar cortándoles el cuello hasta desangrarse o bien mi
preferida, arrancarles el corazón.
Cogí mi otra hacha que estaba tirada
en el suelo y con un movimiento rápido le corté la garganta. Cayó
al suelo rendido, vertiendo su sangre azulada por las baldosas hasta
que dejó ir su ultimo aliento. Y entonces pensé en Christine. Me
giré para asegurarme de que no había sido herida aunque tampoco me
tendría que preocupar ya que yo era la única “mortal” de la
sala. Ella tenía el rostro desencajado con sus ojos muy abiertos
mirándome fijamente. Notaba sus leves pulsaciones en mi piel como un
hormigueo placentero de una brisa fría en verano. Yo era consciente
de que mis ojos se habían vuelto completamente negros y que mi
sangre se había vuelto corrosiva. Sus ojos se abrieron más y
empalideció más de lo que ya era por naturaleza:
-¡No! -gritó con el terror escrito
en sus ojos.
Cuando me di la vuelta el hombre de la
barba me dio en la cabeza y caí desmayada ante la condesa de
Eiswald, la cual me sostuvo entre sus brazos mientras mi alma se iba
desvaneciendo de mi cuerpo, mis pulsaciones se iban diluyendo en un
aleteo lejano y lento de las alas de una mariposa en llamas. Sabía
que estaba sangrando mucho y que mi sangre color vino le iba quemando
poco a poco las faldas de la condesa pero, por algún extraño
motivo, no me dejó ir
…
Me desperté en una cama cubierta por
pieles de un animal muy suave. Me sentía mareada y me dolía mucho
la cabeza, como si me fuera a estallar en cualquier momento. Quise
mover las manos pero me di cuenta que tenía unas cadenas abrazándome
las muñecas, posiblemente para asegurarse quien fuera que me había
atado de que no pudiera hacerle daño. Tampoco tenía esas
intenciones... de momento.
Cuando aclaré mas el enfoque de mis
ojos, me percaté de que alguien más estaba en la habitación,
Christine.
Estaba clavada delante del ventanal
como una estatua, tan inmóvil, tan perfecta, tan hermosa... esa
mujer me fascinaba no solo por su belleza, sino por esa apariencia de
niña pequeña. Ella al sentir unos ojos repasando su cuerpo se giró
y me vio.
-Pensaba que tardarías más en
despertar. -dijo con voz monótona.
-Gracias, yo también me alegro de que
tu estés bien... -dije con sarcasmo.
Ella me miró con chispa en los ojos,
aún así parecía recelosa. Normal, casi mato a su tía quemada y
degollé a uno de sus guardias... era justo.
-Por un momento pensé que había
muerto...
-Y lo estuviste, al menos por unos
minutos -dijo sin inmutarse- te he salvado la vida LeBlanc.
Yo no entendí esa última frase hasta
que me mostró en su brazo un pequeño rasguño apenas visible. Me
había hecho beber de su sangre para que yo viviera... su sangre
eterna y de aquel azul oscuro casi negra que parecía salida de los
mismos cántaros sagrados del Olimpo. Su sangre que le hacía ser
mía, mezclándose con el fuego de mis entrañas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario