El sonido de la música alegre envolvía
la sala principal de la casa del terror mientras los actores y las
actrices bailaban euforicamente entre ron y whisky barato para
celebrar el éxito que había tenido ese año. A pesar de la multitud
solo podía fijarme en sus ojos que controlaban cada movimiento que
hacía mi cuerpo.
Me distancié lentamente de la gente
sin dejar de bailar y me dirigí al pasillo que daba al recorrido de
la planta baja del pavellón. Me quedé de pie en el marco de la
puerta y mi mirada se volvió para conectar con sus ojos una vez mas.
Ella enfrió sus pupilas como si le hubieran susurrado algo en al
oído, una especie de provocación.
De repente empezó a caminar con pasos
decididos hacia mi y yo, con un movimiento más rápido que la
pólvora, me esfumé por el pasillo oscuro. Llegué a la primera
sala, una habitación de hotel. Me paré. Sentía adrenalina, miedo,
placer... fuego. Ese fuego que apenas recordaba. Llamaradas dentro de
mis ojos negros buscando cualquier sonido, cualquier movimiento.
Entonces ella apareció.
“Que empiece el juego”, susurré
para mis adentros.
Corrí por los pasillos negros como una
gacela huyendo despavorida de las garras del león, como solíamos
hacer hacía un tiempo atrás. Me giré y no la vi por ninguna parte,
pero sabía que estaba por allí. Su olor dulce como la miel y suave
como la seda perduraba en el ambiente. Sería capaz de olerla a
metros de distancia. Mi respiración se entrecortaba y las piernas me
temblaban. Y cuando me volví allí estaba ella, con una sonrisa
fría, cruel, cínica.. y me caí ante sus pies. El suelo duro chocó
contra mis rodillas que habían dejado de aguantar mi cuerpo pero no
sentí dolor. El león había sorprendido a su presa de improvisto...
y eso le divertía. Pero me levanté. No se como, me tiré para atrás
como pude y con una extraña pirueta me puse en pié y corrí hasta
no poder respirar. Llegué a la selva maya y su complicado laberinto.
Allí fue donde, la gacela se quedó atrapada en un callejón sin
salida. Era una presa rápida aun que frágil. Ella se acercó
lentamente y me cogió del cuello de la camisa, estampándome en un
golpe seco contra la pared. Podría haber escapado, salir corriendo
como siempre, pero me cansé de correr, el el fondo las dos sabíamos
quién acabaría cazando a quién. No quería moverme de allí aunque
me costara respirar.
“Muérdeme, hazlo de una vez”.
Poco a poco sus ojos de hielo se fueron
fundiendo en los míos de puro fuego, tan oscuros como nuestras
almas, haciendo abrirse así la caja de Pandora que habíamos
enterrado.
“Muérdeme, acaba conmigo, muérdeme”.
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