lunes, 11 de noviembre de 2013

La caja de Pandora

El sonido de la música alegre envolvía la sala principal de la casa del terror mientras los actores y las actrices bailaban euforicamente entre ron y whisky barato para celebrar el éxito que había tenido ese año. A pesar de la multitud solo podía fijarme en sus ojos que controlaban cada movimiento que hacía mi cuerpo.
Me distancié lentamente de la gente sin dejar de bailar y me dirigí al pasillo que daba al recorrido de la planta baja del pavellón. Me quedé de pie en el marco de la puerta y mi mirada se volvió para conectar con sus ojos una vez mas. Ella enfrió sus pupilas como si le hubieran susurrado algo en al oído, una especie de provocación.
De repente empezó a caminar con pasos decididos hacia mi y yo, con un movimiento más rápido que la pólvora, me esfumé por el pasillo oscuro. Llegué a la primera sala, una habitación de hotel. Me paré. Sentía adrenalina, miedo, placer... fuego. Ese fuego que apenas recordaba. Llamaradas dentro de mis ojos negros buscando cualquier sonido, cualquier movimiento. Entonces ella apareció.

“Que empiece el juego”, susurré para mis adentros.

Corrí por los pasillos negros como una gacela huyendo despavorida de las garras del león, como solíamos hacer hacía un tiempo atrás. Me giré y no la vi por ninguna parte, pero sabía que estaba por allí. Su olor dulce como la miel y suave como la seda perduraba en el ambiente. Sería capaz de olerla a metros de distancia. Mi respiración se entrecortaba y las piernas me temblaban. Y cuando me volví allí estaba ella, con una sonrisa fría, cruel, cínica.. y me caí ante sus pies. El suelo duro chocó contra mis rodillas que habían dejado de aguantar mi cuerpo pero no sentí dolor. El león había sorprendido a su presa de improvisto... y eso le divertía. Pero me levanté. No se como, me tiré para atrás como pude y con una extraña pirueta me puse en pié y corrí hasta no poder respirar. Llegué a la selva maya y su complicado laberinto. Allí fue donde, la gacela se quedó atrapada en un callejón sin salida. Era una presa rápida aun que frágil. Ella se acercó lentamente y me cogió del cuello de la camisa, estampándome en un golpe seco contra la pared. Podría haber escapado, salir corriendo como siempre, pero me cansé de correr, el el fondo las dos sabíamos quién acabaría cazando a quién. No quería moverme de allí aunque me costara respirar.

“Muérdeme, hazlo de una vez”.

Poco a poco sus ojos de hielo se fueron fundiendo en los míos de puro fuego, tan oscuros como nuestras almas, haciendo abrirse así la caja de Pandora que habíamos enterrado.

“Muérdeme, acaba conmigo, muérdeme”.

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