Eran la una y media de la madrugada y seguía hablando con ella por teléfono.
-Deberíamos colgar... -me susurró dulcemente Martha.
-Deberíamos. -contesté yo.
Ella se rió bajito y a mi se me dibujó una sonrisa en la cara.
Después de esa tarde de trabajo en el polideportivo montando la casa del terror, me había quedado todo claro: ella jamás volvería. Seguramente después de la actuación no volvería a verla ni a saber nada de ella y el precio que tenía que pagar -al menos yo- era justo.
Ni una mirada, ni una palabra, como completas desconocidas, como si jamás hubiera existido un “nosotras”, pero era de esperar. Ella me dijo cosas tan horribles en ese texto que le pedí que me dejara en paz y así ha sido. En parte me alegro.
-¿Cuánto llevamos hablando? -pregunté para cambiar el rumbo que mis pensamientos estaban tomando.
-Dos horas y treinta y siete minutos.
-Eso es mucho -musité.
-Para mi no. -me reí y ella me imitó. Es tan dulce, pero tan protectora e imponente... todo lo contrario a mi.
Martha... menudo personaje, una francesa de mente cuadriculada y calculadora, que todo tiene que salir como ella lo planea, obsesiva con la protección y tan atenta, amante de los perros y maniática en que deje de fumar y de beber.
Cualquiera diría que hace todo lo posible para llevarme la contraria.
Pero solo ella tiene la capacidad de dejarme sin palabras con solo un comentario que nunca sabré bien si es ironía o está hablando en serio.
-En el caso hipotético y casi imposible... -empezó ella.
-...Y dándose el caso, si es que se da... -continué yo.
-Creo que desearía estar contigo todo el día simplemente para hablar de literatura o de cine. Solas tu y yo, en el sofá de mi casa delante de la chimenea encendida y tapadas con la manta del salón que tanto te gustó. Acurrucadas... -terminó ella.
-Me encantaría. -realmente me hubiera encantado.
Al cabo de media hora colgamos y me quedé sola de nuevo, solos yo y todas las palabras de Martha que retumbaban en mi cabeza con un eco doloroso pero tierno. No, no la quiero, pero me gusta. Supongo que su madurez frena a mi locura, y que mi parte mas niña le derrumba los esquemas de su cabeza. Nos complementamos. Siempre que me coge de la cintura me siento tan bien... como si no me pudiera pasar nada malo, como si realmente me protegiera de todos esos malos pensamientos que me acechan debajo de la cama y saltan a mi cabeza cuando el sol se pone.
-¿Qué estás haciendo?
Pegué un salto de la cama. Era esa puta voz otra vez, esa voz cavernosa e indecentemente cabreada de ella.
-Déjame en paz ¿quieres?.
-¿Te gusta? -preguntó con un tono mas triste.
-Sí.
-¿La quieres?
-No.
Se rió oscuramente y me entró un escalofrío por todo el cuerpo.
-Hoy me has visto y no me has ni mirado -su tono era realmente cruel.
-Tu tampoco lo has hecho. -las palabras me salieron temblorosas e inseguras. Lo hubiera querido hacer.
-¿Hasta cuando vas a estar engañándote Clodette?
-No me estoy engañando, me gusta y punto. A demás tampoco es cosa tuya lo que haga con ella o con quien sea.
-¿La besarás?
-Seguramente.
-¿Le harás el amor?
-Probablemente no.
-¿Por qué? -su voz se volvió algo menos dura.
-Porque no puedo hacerlo si sigo enamorada de ti.
Se quedó callada un rato y luego cuando creía que se había ido de la misma manera que siempre aparecía desde la oscuridad de la noche se despidió:
-Buonanotte Clodette.
-Bonne nuit... -no tuve valor de decir su nombre, ya no lo tengo y dudo que algún día pueda tenerlo sin romper a llorar.
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