-Señora todo se está derrumbando,
¡tiene que salir de aquí! -Miré a la pobre criada y vi el pánico
escrito en sus ojos. Me daba igual. Todo estaba planeado- señorita
LeBlanc ¿me escucha?
Observé como el fuego iba derribando
las paredes de mi hogar. Sentí esa sensación de libertad otra vez,
ese punto infortuito donde siempre pierdo la razón y los estribos,
donde quiero que todo acabe ya para poder marcharme.
-Marine... iros sin mi, yo me quedo...
-le dije a la pobre muchacha sin apenas apartar la mirada del fuego
ardiente.
-Señora por favor... se lo ruego,
cuesta respirar, hay humo por todas partes... morirá si se queda
aquí.
Entonces la miré de nuevo, esta vez
con una sonrisa amarga pintada en la cara. Le acaricié una mejilla
con el dorso de mi mano y le besé la frente.
-Huya de aquí, sois libres Marine.
-Madame...
-Id con cuidado.
-Sí señora...
Y salió corriendo de allí como pudo.
Me quedé sola, yo y mi casa en llamas. Las cortinas parecían telas
de fuego y los muebles bocas hacia el infierno. Era imposible
respirar y a penas podía ver entre el humo negro que nublaba toda la
escena. A lo lejos se escuchaban gritos, debían ser mis otras dos
criadas quemándose vivas en las habitaciones de arriba. Judith y
Monique, dos hermanas de edad avanzada que me habían cuidado
mientras mis padres no lo hacían. Ellas me vieron nacer. No sentía
tristeza. Levanté la vista al techo, donde las llamas se acumulaban.
Era hora de marcharme.
Cogí la puerta del final del pasillo
donde llevaba al exterior de la enorme casa por la puerta de atrás.
Corrí tan rápido como pude, sin mirar las altas lenguas del diablo
se comían lo que antes eran mis riquezas.
Fui a la cuadra donde Sena, mi yegua
negra inmortal me esperaba relinchando y dando saltos a dos patas.
Estaba ansiosa. La desaté y le coloqué la sella de montar lo mas
rápido que pude, ya que el fuego se empezaba a comer los primeros
fajos de paja del fondo.
Monté en ella y galopé hacia ningún
lugar, como cuando eramos una, como cuando juntas cabalgábamos tan
lejos que ni nuestra sobra podía encontrarnos.
Cuando llegué al bosque del hielo
calmé el paso. A Sena no le gustaba el frío ni el agua, al igual
que a mi, ya que las dos eramos hijas del fuego. La cuartada era
perfecta, nadie sabría jamás que realmente la causa del fuego había
sido yo, y que la bruja que los campesinos perseguían era la Condesa
de Askejord, Cloddette LeBlanc, hija de Julie LeBlanc, la mujer más
hermosa que nadie pudiera haber visto jamás... mi madre. Una mujer
tan resplandeciente como un girasol y tan delicada como una mariposa.
Se suicidó cuando a penas yo tenía dos años de vida, algunos dicen
que fue a causa de los maltratos de mi padre, otros por que ella tuvo
un romance con otra mujer y murió de amor por ella, otros porque
enfermó gravemente por sus supuestas prácticas satánicas con
mujeres y hombres de pueblos cercanos... yo siempre he pensado que
fue un poco por las tres cosas.
Y ahora, a mis dieciocho años de edad
iba a hablar con la hermanastra que me contó Marine que tenía...
por supuesto ilegitima.
Ella vivía cerca de los bosques
helados, llamados así por su sorprendente frío en verano y heladas
que podían llegar a los treinta bajo cero en invierno congelando así
todos los arboles como si fueran estátuas de mármol y cristal...
hermoso.
Iba a un paso lento y pausado,
contemplando la belleza del lugar y de repente sentí un silbido
lejano que se aproximaba a mi cabeza cada vez mas rápido. En
cuestión de segundos ya había sacado el hacha de mano y había
derribado la flecha que se aproximaba a mi con malas intenciones. Y
de repente vinieron a mi dos flechas más y éstas no pude
derribarlas. Una de desvió y la otra me rozó la mejilla haciéndome
sangrar poco a poco.
-¡Quién anda ahí! ¡Muéstrate
insensato!
Y apareció ella, una chica de apenas
mi edad de pelo oscuro y ojos redondos de color miel extrañamente
penetrantes.
-Decidme quién sois vos y que hacéis
en mis tierras -dijo en un tono serio pero formal.
-Vaya -susurré bajando de Sena- ¿Así
recibís a los extranjeros aquí?
-Sí. ¿A que ha venido una hija del
fuego a estos bosques? -preguntó con mas curiosidad que recelo.
-Busco a Christine Rossetto, hija de
Lucca Rossetto y nacida en Eiswald.
-¿Para qué? -espetó bruscamente
guardando el arco.
-Vengo de parte de la Reina. -mentí-
me complacería que me llevarais con ella inmediatamente, es de
máxima urgencia.
-Bien, la tenéis delante. -dijo mas
relajada.
Empecé a tiritar y no pude evitar
fijarme en su vestimenta, llena de pieles de animales grandes, algo
parecido a osos o perros salvajes y sus múltiples collares de
dientes de sus presas. En los pies llevaba botas cubiertas por dos
garras de un animal parecido a un león o algo así y en la cabeza
una capucha hecha con un hocico de el mismo león, espléndida.
-¿Y bien? ¿que hacéis aquí
majestad? -se sentó debajo de un árbol helado lleno de nieve por
sus ramas.
-¿Cómo sabéis que soy...?
-Una mujer tan hermosa como vos solo
podía ser hija de la familia LeBlanc, a demás lleváis el escudo de Askejord colgando del cuello y oléis a chamuscado.
-Bien pues... si sois vos la Condesa
Rossetto, tenemos que hablar. Tenemos más cosas en común de las que
creéis.
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