lunes, 2 de diciembre de 2013

Todo excepto la mortalidad.

-¿Por qué lo habéis hecho? -pregunté asombrada.
-Porque teneis información que me interesa saber -dijo pareciendo no darle importancia a mi vida- quiero entender porqué Alice os acusa de matar a mi madre.
-Yo no maté a nadie, ni tampoco Julie -gruñí con rabia- ellas se amaban.

Ella pareció volverse de mármol al oír que su madre había amado a alguien y que ese alguien era mi madre. Se sentó en la cama sin aliento. Supongo que nunca había pensado que dos mujeres pudieran amarse hasta tal punto de morir por ello.

-¿Es eso posible? -susurró sin mostrar ningún tipo de sentimiento.
-Ellas crecieron juntas, desde pequeñas fueron como uña y carne. Mi madre era la hija de la familia LeBlanc, adinerada y con poder procedente del norte y contrató a la familia Rosseto a cambio de un sitio mejor en el que vivir. Vuestra tía fue encargada de cocina junto con vuestra abuela y vuestra madre se convirtió en la ayudante y confidente de Julie. Los años pasaron y Lucca y Julie se fueron amando cada día más, besándose a escondidas y cazando juntas, cada una con su don de raza. Ellas discutían constantemente pero estaban hechas la una para la otra, arriesgándose a cada segundo de que alguien las viera y, como era de esperar, Alice era la única que lo sabía y las encubría cuando desaparecían para irse al lago a nadar o al bosque a jugar. Todo parecía estar bien hasta que mi madre contrajo matrimonio con un conde del reino de Akejord, tierra de fuego donde los seres proceden de las cenizas, bebedores de sangre y expertos guerreros del cuerpo a cuerpo con solo un objetivo: arrancar los corazones de sus presas para devorarlos. Así que que mi madre pocas semanas después de su enlace quedó embarazada de mí. Lo terrible ocurrió después cuando mi padre descubrió a Lucca y a Julie haciendo el amor a escondidas y en cuanto mi madre se fue a cabalgar con su yegua Sena, mi padre cogió a Lucca y la violó hasta casi matarla. Mi madre, entró en la habitación y lo vio así que se fue corriendo y se suicidó en el lago... yo tenía apenas dos años. Lucca no pudo aguantar la muerte de mi madre así que fue al lugar mas oscuro de la tierra, a las afueras de Eiswald donde habitaban los apash, unos seres oscuros procedentes de la otra cara de la luna, especialistas en brujería, medicina, venenos y oráculos y así poder tenerte allí prematuramente, salvarte a ti y poder morir junto con Julie. Alice te crió hasta ahora, protegiéndote de mi padre entre los apash y los eiswaldinos. Yo fui escondida en las profundidades de Askejord, protegida por los guardianes del fuego, guerreros contratados por mis abuelos y sometida a duros entrenamientos para la batalla por si algún día tenia que defenderme sola o peor aún, enfrentarme a mi padre. Pocos años después lo condenaron a muerte por más de treinta violaciones y brutales asesinatos de jóvenes mujeres así que salí de mi escondite para convertirme en la condesa de Askejord, descendiente de la familia mas bella y sanguinaria conocida hasta ahora. Hace poco supe que mi padre seguía vivo y ahora vive en las sombras del subsuelo alimentándose del corazón de las ratas enfermizas y sucias de la calle... nunca me dijeron su nombre ni él supo nunca el mio. Y ahora que estoy aquí... no quiero perder lo único que me queda de mi familia y quiero limpiar el apellido LeBlanc de toda la sangre que lo ensucia -ella lloraba en silencio mirando un punto fijo- Christine... te he estado buscando desde hace tanto tiempo...

Las lágrimas huían de sus retinas y sus manos temblaban de manera sobrehumana.

-Julie no mató a nadie... solo murieron asesinadas por culpa de un monstruo... ellas solo murieron de amor -dije para defender a mi madre.

-Pero si somos de la misma familia... -consiguió musitar- ¿por qué somos tan diferentes? La sangre, la piel, el frío, el fuego...
-Como ya les he dicho, Lucca antes de morir dio tu alma a los apash, los cuales te sacrificaron como humana para encarnar en ti los sentidos y virtudes de los eiswaldinos: la belleza, la inmortalidad, el alma animal y la resistencia a los lugares mas fríos del mundo; aun que sigues teniendo un aspecto de los míos inconfundible: eres bebedora de sangre y, eso, delata tu procedencia askercína. Pero pudieron eliminar de tus venas el control del fuego con la mente y el cuerpo, la capacidad de ser inmune a las quemaduras y lo más importante... la mortalidad, dotándos de sangre eterna procedente del lugar mas oscuro de la luna. Ahora es vuestro turno condesa... después de todos los atrevimientos que he tenido para contarles esto, podéis matarme si lo deseáis. Me tenéis atada y no veo piedad en vuestros ojos. -y cerré los ojos en un descansado suspiro.

domingo, 1 de diciembre de 2013

Ya eres mía... solo mía.

Las puertas se abrieron de par en par y entraron dos hombres armados hasta los dientes, uno con una barba pronunciada y el otro rapado y con tatuajes por toda la cabeza. Esos hombres medían casi dos metros y sus ojos azules centellaban de rabia como dos perros contemplando a su presa. Alice gritó algo desde las llamas y los guardias vinieron a por mi.
Solté a Christine en cuanto el hombre tatuado se dispuso a darme en la cabeza con la maza de hierro, me agaché y con el hacha de mano que tenía mas cercana le apuñalé todo el estómago... pero no murió. Al deshincar el arma la herida se cerró sin dejar cicatriz, solo una leve marca de color mas claro. Por unos momentos había olvidado que a los eiswaldinos solo se les podía matar cortándoles el cuello hasta desangrarse o bien mi preferida, arrancarles el corazón.
Cogí mi otra hacha que estaba tirada en el suelo y con un movimiento rápido le corté la garganta. Cayó al suelo rendido, vertiendo su sangre azulada por las baldosas hasta que dejó ir su ultimo aliento. Y entonces pensé en Christine. Me giré para asegurarme de que no había sido herida aunque tampoco me tendría que preocupar ya que yo era la única “mortal” de la sala. Ella tenía el rostro desencajado con sus ojos muy abiertos mirándome fijamente. Notaba sus leves pulsaciones en mi piel como un hormigueo placentero de una brisa fría en verano. Yo era consciente de que mis ojos se habían vuelto completamente negros y que mi sangre se había vuelto corrosiva. Sus ojos se abrieron más y empalideció más de lo que ya era por naturaleza:

-¡No! -gritó con el terror escrito en sus ojos.

Cuando me di la vuelta el hombre de la barba me dio en la cabeza y caí desmayada ante la condesa de Eiswald, la cual me sostuvo entre sus brazos mientras mi alma se iba desvaneciendo de mi cuerpo, mis pulsaciones se iban diluyendo en un aleteo lejano y lento de las alas de una mariposa en llamas. Sabía que estaba sangrando mucho y que mi sangre color vino le iba quemando poco a poco las faldas de la condesa pero, por algún extraño motivo, no me dejó ir


Me desperté en una cama cubierta por pieles de un animal muy suave. Me sentía mareada y me dolía mucho la cabeza, como si me fuera a estallar en cualquier momento. Quise mover las manos pero me di cuenta que tenía unas cadenas abrazándome las muñecas, posiblemente para asegurarse quien fuera que me había atado de que no pudiera hacerle daño. Tampoco tenía esas intenciones... de momento.
Cuando aclaré mas el enfoque de mis ojos, me percaté de que alguien más estaba en la habitación, Christine.
Estaba clavada delante del ventanal como una estatua, tan inmóvil, tan perfecta, tan hermosa... esa mujer me fascinaba no solo por su belleza, sino por esa apariencia de niña pequeña. Ella al sentir unos ojos repasando su cuerpo se giró y me vio.

-Pensaba que tardarías más en despertar. -dijo con voz monótona.
-Gracias, yo también me alegro de que tu estés bien... -dije con sarcasmo.

Ella me miró con chispa en los ojos, aún así parecía recelosa. Normal, casi mato a su tía quemada y degollé a uno de sus guardias... era justo.

-Por un momento pensé que había muerto...
-Y lo estuviste, al menos por unos minutos -dijo sin inmutarse- te he salvado la vida LeBlanc.

Yo no entendí esa última frase hasta que me mostró en su brazo un pequeño rasguño apenas visible. Me había hecho beber de su sangre para que yo viviera... su sangre eterna y de aquel azul oscuro casi negra que parecía salida de los mismos cántaros sagrados del Olimpo. Su sangre que le hacía ser mía, mezclándose con el fuego de mis entrañas.