lunes, 2 de diciembre de 2013

Todo excepto la mortalidad.

-¿Por qué lo habéis hecho? -pregunté asombrada.
-Porque teneis información que me interesa saber -dijo pareciendo no darle importancia a mi vida- quiero entender porqué Alice os acusa de matar a mi madre.
-Yo no maté a nadie, ni tampoco Julie -gruñí con rabia- ellas se amaban.

Ella pareció volverse de mármol al oír que su madre había amado a alguien y que ese alguien era mi madre. Se sentó en la cama sin aliento. Supongo que nunca había pensado que dos mujeres pudieran amarse hasta tal punto de morir por ello.

-¿Es eso posible? -susurró sin mostrar ningún tipo de sentimiento.
-Ellas crecieron juntas, desde pequeñas fueron como uña y carne. Mi madre era la hija de la familia LeBlanc, adinerada y con poder procedente del norte y contrató a la familia Rosseto a cambio de un sitio mejor en el que vivir. Vuestra tía fue encargada de cocina junto con vuestra abuela y vuestra madre se convirtió en la ayudante y confidente de Julie. Los años pasaron y Lucca y Julie se fueron amando cada día más, besándose a escondidas y cazando juntas, cada una con su don de raza. Ellas discutían constantemente pero estaban hechas la una para la otra, arriesgándose a cada segundo de que alguien las viera y, como era de esperar, Alice era la única que lo sabía y las encubría cuando desaparecían para irse al lago a nadar o al bosque a jugar. Todo parecía estar bien hasta que mi madre contrajo matrimonio con un conde del reino de Akejord, tierra de fuego donde los seres proceden de las cenizas, bebedores de sangre y expertos guerreros del cuerpo a cuerpo con solo un objetivo: arrancar los corazones de sus presas para devorarlos. Así que que mi madre pocas semanas después de su enlace quedó embarazada de mí. Lo terrible ocurrió después cuando mi padre descubrió a Lucca y a Julie haciendo el amor a escondidas y en cuanto mi madre se fue a cabalgar con su yegua Sena, mi padre cogió a Lucca y la violó hasta casi matarla. Mi madre, entró en la habitación y lo vio así que se fue corriendo y se suicidó en el lago... yo tenía apenas dos años. Lucca no pudo aguantar la muerte de mi madre así que fue al lugar mas oscuro de la tierra, a las afueras de Eiswald donde habitaban los apash, unos seres oscuros procedentes de la otra cara de la luna, especialistas en brujería, medicina, venenos y oráculos y así poder tenerte allí prematuramente, salvarte a ti y poder morir junto con Julie. Alice te crió hasta ahora, protegiéndote de mi padre entre los apash y los eiswaldinos. Yo fui escondida en las profundidades de Askejord, protegida por los guardianes del fuego, guerreros contratados por mis abuelos y sometida a duros entrenamientos para la batalla por si algún día tenia que defenderme sola o peor aún, enfrentarme a mi padre. Pocos años después lo condenaron a muerte por más de treinta violaciones y brutales asesinatos de jóvenes mujeres así que salí de mi escondite para convertirme en la condesa de Askejord, descendiente de la familia mas bella y sanguinaria conocida hasta ahora. Hace poco supe que mi padre seguía vivo y ahora vive en las sombras del subsuelo alimentándose del corazón de las ratas enfermizas y sucias de la calle... nunca me dijeron su nombre ni él supo nunca el mio. Y ahora que estoy aquí... no quiero perder lo único que me queda de mi familia y quiero limpiar el apellido LeBlanc de toda la sangre que lo ensucia -ella lloraba en silencio mirando un punto fijo- Christine... te he estado buscando desde hace tanto tiempo...

Las lágrimas huían de sus retinas y sus manos temblaban de manera sobrehumana.

-Julie no mató a nadie... solo murieron asesinadas por culpa de un monstruo... ellas solo murieron de amor -dije para defender a mi madre.

-Pero si somos de la misma familia... -consiguió musitar- ¿por qué somos tan diferentes? La sangre, la piel, el frío, el fuego...
-Como ya les he dicho, Lucca antes de morir dio tu alma a los apash, los cuales te sacrificaron como humana para encarnar en ti los sentidos y virtudes de los eiswaldinos: la belleza, la inmortalidad, el alma animal y la resistencia a los lugares mas fríos del mundo; aun que sigues teniendo un aspecto de los míos inconfundible: eres bebedora de sangre y, eso, delata tu procedencia askercína. Pero pudieron eliminar de tus venas el control del fuego con la mente y el cuerpo, la capacidad de ser inmune a las quemaduras y lo más importante... la mortalidad, dotándos de sangre eterna procedente del lugar mas oscuro de la luna. Ahora es vuestro turno condesa... después de todos los atrevimientos que he tenido para contarles esto, podéis matarme si lo deseáis. Me tenéis atada y no veo piedad en vuestros ojos. -y cerré los ojos en un descansado suspiro.

domingo, 1 de diciembre de 2013

Ya eres mía... solo mía.

Las puertas se abrieron de par en par y entraron dos hombres armados hasta los dientes, uno con una barba pronunciada y el otro rapado y con tatuajes por toda la cabeza. Esos hombres medían casi dos metros y sus ojos azules centellaban de rabia como dos perros contemplando a su presa. Alice gritó algo desde las llamas y los guardias vinieron a por mi.
Solté a Christine en cuanto el hombre tatuado se dispuso a darme en la cabeza con la maza de hierro, me agaché y con el hacha de mano que tenía mas cercana le apuñalé todo el estómago... pero no murió. Al deshincar el arma la herida se cerró sin dejar cicatriz, solo una leve marca de color mas claro. Por unos momentos había olvidado que a los eiswaldinos solo se les podía matar cortándoles el cuello hasta desangrarse o bien mi preferida, arrancarles el corazón.
Cogí mi otra hacha que estaba tirada en el suelo y con un movimiento rápido le corté la garganta. Cayó al suelo rendido, vertiendo su sangre azulada por las baldosas hasta que dejó ir su ultimo aliento. Y entonces pensé en Christine. Me giré para asegurarme de que no había sido herida aunque tampoco me tendría que preocupar ya que yo era la única “mortal” de la sala. Ella tenía el rostro desencajado con sus ojos muy abiertos mirándome fijamente. Notaba sus leves pulsaciones en mi piel como un hormigueo placentero de una brisa fría en verano. Yo era consciente de que mis ojos se habían vuelto completamente negros y que mi sangre se había vuelto corrosiva. Sus ojos se abrieron más y empalideció más de lo que ya era por naturaleza:

-¡No! -gritó con el terror escrito en sus ojos.

Cuando me di la vuelta el hombre de la barba me dio en la cabeza y caí desmayada ante la condesa de Eiswald, la cual me sostuvo entre sus brazos mientras mi alma se iba desvaneciendo de mi cuerpo, mis pulsaciones se iban diluyendo en un aleteo lejano y lento de las alas de una mariposa en llamas. Sabía que estaba sangrando mucho y que mi sangre color vino le iba quemando poco a poco las faldas de la condesa pero, por algún extraño motivo, no me dejó ir


Me desperté en una cama cubierta por pieles de un animal muy suave. Me sentía mareada y me dolía mucho la cabeza, como si me fuera a estallar en cualquier momento. Quise mover las manos pero me di cuenta que tenía unas cadenas abrazándome las muñecas, posiblemente para asegurarse quien fuera que me había atado de que no pudiera hacerle daño. Tampoco tenía esas intenciones... de momento.
Cuando aclaré mas el enfoque de mis ojos, me percaté de que alguien más estaba en la habitación, Christine.
Estaba clavada delante del ventanal como una estatua, tan inmóvil, tan perfecta, tan hermosa... esa mujer me fascinaba no solo por su belleza, sino por esa apariencia de niña pequeña. Ella al sentir unos ojos repasando su cuerpo se giró y me vio.

-Pensaba que tardarías más en despertar. -dijo con voz monótona.
-Gracias, yo también me alegro de que tu estés bien... -dije con sarcasmo.

Ella me miró con chispa en los ojos, aún así parecía recelosa. Normal, casi mato a su tía quemada y degollé a uno de sus guardias... era justo.

-Por un momento pensé que había muerto...
-Y lo estuviste, al menos por unos minutos -dijo sin inmutarse- te he salvado la vida LeBlanc.

Yo no entendí esa última frase hasta que me mostró en su brazo un pequeño rasguño apenas visible. Me había hecho beber de su sangre para que yo viviera... su sangre eterna y de aquel azul oscuro casi negra que parecía salida de los mismos cántaros sagrados del Olimpo. Su sangre que le hacía ser mía, mezclándose con el fuego de mis entrañas.

lunes, 25 de noviembre de 2013

Dos copas de sangre dulce y un secreto.

-Póngase cómoda señorita LeBlanc -me dijo mostrándome una butaca de alcántara gris plateada.

La sala era inmensa de paredes blancas y lámparas de araña con cristales azul cielo. Por las ventanas entraba una luz tenue filtrada por las cortinas de seda beige. De una puerta del fondo salió una mujer demacrada con ojeras y con un delantal arrugado sucio.

-¿Queréis tomar algo?
-Sí -musité

Ella le pidió algo en un idioma desconocido, algo parecido al latín y la mujer desapareció todavía mas pálida de lo que ya estaba.
Al cabo de un rato volvió con un par de copas y una especie de tetera caliente, lo dejó encima de la mesilla de cristal y se marchó.

-¿De qué queríais hablarme LeBlanc? -cogió la copa y vació parte del contenido en ella, me la dió con cuidado y miré en su interior. Olía a hierro.
Lo acerqué a mis labios cortados por el frío e hice el primer sorbo y de repente las pupilas se me dilataron volviéndose tan negras como una noche sin Luna. Era la sangre mas dulce que jamás había probado.

-¿Es de vuestro agrado? -preguntó con picardía.
-Oh si... -gemí silenciosamente y bebí un trago más. Sentía fuego en mis entrañas, como si pudiera volar... Exquisita.- ¿de quién es?
-De mis mozas. Humanas que dan su sangre a cambio de un salario mensual y comida. La cuestión es no matarlas, o podría tener problemas...- se quedó callada absorbida por unos pensamientos que desconocía, luego me sonrió con tristeza- ésta sangre que estáis bebiendo es de la muchacha mas joven. La guardo para ocasiones especiales como la de vuestra llegada, Condesa.
Volví a beber.

-Bien pues... he venido para hablaros de algo un poco extraño... -empecé.
-Vuestra presencia en Eiswald ya es extraña de por si, LeBlanc -interrumpió ella- no suele venir nadie de Askejord, y menos vos.
-Señorita Rossetto, debo de decir que nuestros orígenes son de lo mas cercanos... mi madre conoció a vuestra- hice una pausa y esperé su reacción. Sus ojos helados seguían inmóviles, anclados en los míos negros como Sena. Continué- y mi padre también.
-Explicáros.
-Marine, una muy buena ayudante y amiga me contó que su madre lo vio todo desde muy cerca... vuestra tía. Se llamaba Alice y era la hermana gemela de vuestra madre. Ella vio como Lucca se enamoró perdidamente de..
-¿Quién os ha llamado para venir aquí, LeBlanc? -me interrumpieron.

Me giré para ver de donde procedía esa voz de mujer con esa rabia cargada en cada palabra, y entonces la vi, tal y como me había descrito Marine, una mujer hermosa de pelo muy oscuro y unos ojos duros e impenetrables como el hielo. Llevaba un vestido de un blanco crudo que parecía fusionarse con su piel y sus hermosos labios formaban una linea recta que daba escalofríos. Tendría unos treinta y cinco años.

-Alice... -dijo Christine levantándose de golpe con miedo y sorpresa.
-Te dije que estaba prohibida la entrada a todo aquel que viniera de las cenizas. Me has desobedecido Christine.
¿Alice? no... no podía ser cierto... ¿podría ser la madre de Marine? ¿la misma que las historias contaban? Debía de decir que el parecido entre Alice y Christine era notable: el mismo color de pelo, la misma mirada fría, la misma piel de porcelana...

-Alice, ella es la Condesa LeBlanc, estaba aquí para contarme algo -se defendió Christine.
-Algo que no debe ser hablado más, ya bastante daño hizo en esta familia -dijo mirándome con odio.

No sabía que decir, no entendía nada. ¿Porqué tanta hostilidad de repente?

-Debería irme... -susurré casi para mis adentros.
-Iros y no aparezcáis más por aquí -me espetó ella sin piedad.

Entonces me levanté y miré a Christine, que estaba con la mirada fijada en mi. Avancé por la sala para acercarme un poco a Alice, que continuaba en la puerta.

-Sois tal como vuestra hija Marine me contó, igual de bella y fría -le dije con algo de maldad.
-Y vos sois igualita que vuestra madre, la misma inmadurez e insensatez que Julie -respondió con odio.
-¿Porque me tratáis así sin conocerme? -hice una pausa y analicé lo que me acababa de decir- esperad... habéis dicho que conocisteis a mi madre, ¿verdad?
-Sí.
-¿Entonces porque sois así con su hija?
-Porque ella mató a mi hermana.

Empalidecí de repente. Me giré y vi a Christine con los labios entre abiertos, gruñendo, y con una rapidez extrema, los ojos se le aclararon hasta llegar a un amarillo dorado parecido a los de una leona. Cogió su arco y se abalanzó sobre mi en un grito ahogado. Yo desenvainé mis dos hachas de mano y fui derribando todas las flechas que me iba lanzando, cada vez mas agudas, pero ella llegó a mi y me cogió del cuello como un animal. Oí como Alice venía corriendo y con la mente dibujé un círculo de llamas a su alrededor que le impidieron avanzar. Me concentré para que mi piel se tornara insoportablemente caliente hasta quemar y Christine no tubo mas remedio que soltarme con las palmas de las manos quemadas y allí fue donde la estampé contra el suelo helado agarrándola de las muñecas.

-¡Christine eso que dice no es cierto! ¡no la escuchéis! -supliqué. En el fondo no quería hacerle daño a ninguna de las dos.- Por favor dejadme que os lo cuente todo y si no os cambio de idea me marcharé, os lo juro por mi tierra... por mi madre.

viernes, 22 de noviembre de 2013

La Condesa de Askejord en Eiswald

-Señora todo se está derrumbando, ¡tiene que salir de aquí! -Miré a la pobre criada y vi el pánico escrito en sus ojos. Me daba igual. Todo estaba planeado- señorita LeBlanc ¿me escucha?

Observé como el fuego iba derribando las paredes de mi hogar. Sentí esa sensación de libertad otra vez, ese punto infortuito donde siempre pierdo la razón y los estribos, donde quiero que todo acabe ya para poder marcharme.

-Marine... iros sin mi, yo me quedo... -le dije a la pobre muchacha sin apenas apartar la mirada del fuego ardiente.
-Señora por favor... se lo ruego, cuesta respirar, hay humo por todas partes... morirá si se queda aquí.

Entonces la miré de nuevo, esta vez con una sonrisa amarga pintada en la cara. Le acaricié una mejilla con el dorso de mi mano y le besé la frente.

-Huya de aquí, sois libres Marine.
-Madame...
-Id con cuidado.
-Sí señora...

Y salió corriendo de allí como pudo. Me quedé sola, yo y mi casa en llamas. Las cortinas parecían telas de fuego y los muebles bocas hacia el infierno. Era imposible respirar y a penas podía ver entre el humo negro que nublaba toda la escena. A lo lejos se escuchaban gritos, debían ser mis otras dos criadas quemándose vivas en las habitaciones de arriba. Judith y Monique, dos hermanas de edad avanzada que me habían cuidado mientras mis padres no lo hacían. Ellas me vieron nacer. No sentía tristeza. Levanté la vista al techo, donde las llamas se acumulaban. Era hora de marcharme.

Cogí la puerta del final del pasillo donde llevaba al exterior de la enorme casa por la puerta de atrás. Corrí tan rápido como pude, sin mirar las altas lenguas del diablo se comían lo que antes eran mis riquezas.
Fui a la cuadra donde Sena, mi yegua negra inmortal me esperaba relinchando y dando saltos a dos patas. Estaba ansiosa. La desaté y le coloqué la sella de montar lo mas rápido que pude, ya que el fuego se empezaba a comer los primeros fajos de paja del fondo.

Monté en ella y galopé hacia ningún lugar, como cuando eramos una, como cuando juntas cabalgábamos tan lejos que ni nuestra sobra podía encontrarnos.

Cuando llegué al bosque del hielo calmé el paso. A Sena no le gustaba el frío ni el agua, al igual que a mi, ya que las dos eramos hijas del fuego. La cuartada era perfecta, nadie sabría jamás que realmente la causa del fuego había sido yo, y que la bruja que los campesinos perseguían era la Condesa de Askejord, Cloddette LeBlanc, hija de Julie LeBlanc, la mujer más hermosa que nadie pudiera haber visto jamás... mi madre. Una mujer tan resplandeciente como un girasol y tan delicada como una mariposa. Se suicidó cuando a penas yo tenía dos años de vida, algunos dicen que fue a causa de los maltratos de mi padre, otros por que ella tuvo un romance con otra mujer y murió de amor por ella, otros porque enfermó gravemente por sus supuestas prácticas satánicas con mujeres y hombres de pueblos cercanos... yo siempre he pensado que fue un poco por las tres cosas.

Y ahora, a mis dieciocho años de edad iba a hablar con la hermanastra que me contó Marine que tenía... por supuesto ilegitima.

Ella vivía cerca de los bosques helados, llamados así por su sorprendente frío en verano y heladas que podían llegar a los treinta bajo cero en invierno congelando así todos los arboles como si fueran estátuas de mármol y cristal... hermoso.

Iba a un paso lento y pausado, contemplando la belleza del lugar y de repente sentí un silbido lejano que se aproximaba a mi cabeza cada vez mas rápido. En cuestión de segundos ya había sacado el hacha de mano y había derribado la flecha que se aproximaba a mi con malas intenciones. Y de repente vinieron a mi dos flechas más y éstas no pude derribarlas. Una de desvió y la otra me rozó la mejilla haciéndome sangrar poco a poco.

-¡Quién anda ahí! ¡Muéstrate insensato!
Y apareció ella, una chica de apenas mi edad de pelo oscuro y ojos redondos de color miel extrañamente penetrantes.
-Decidme quién sois vos y que hacéis en mis tierras -dijo en un tono serio pero formal.
-Vaya -susurré bajando de Sena- ¿Así recibís a los extranjeros aquí?
-Sí. ¿A que ha venido una hija del fuego a estos bosques? -preguntó con mas curiosidad que recelo.
-Busco a Christine Rossetto, hija de Lucca Rossetto y nacida en Eiswald.
-¿Para qué? -espetó bruscamente guardando el arco.
-Vengo de parte de la Reina. -mentí- me complacería que me llevarais con ella inmediatamente, es de máxima urgencia.
-Bien, la tenéis delante. -dijo mas relajada.
Empecé a tiritar y no pude evitar fijarme en su vestimenta, llena de pieles de animales grandes, algo parecido a osos o perros salvajes y sus múltiples collares de dientes de sus presas. En los pies llevaba botas cubiertas por dos garras de un animal parecido a un león o algo así y en la cabeza una capucha hecha con un hocico de el mismo león, espléndida.
-¿Y bien? ¿que hacéis aquí majestad? -se sentó debajo de un árbol helado lleno de nieve por sus ramas.
-¿Cómo sabéis que soy...?
-Una mujer tan hermosa como vos solo podía ser hija de la familia LeBlanc, a demás lleváis el escudo de Askejord colgando del cuello y oléis a chamuscado.
-Bien pues... si sois vos la Condesa Rossetto, tenemos que hablar. Tenemos más cosas en común de las que creéis.

lunes, 18 de noviembre de 2013

Eclipse

-Lo siento mucho Christine... nunca quise hacerte daño -sollocé entre sus brazos.

Ella me estrechó mas fuerte. Yo cavaba mis uñas en su abrigo.
Estábamos empapadas por la lluvia fría de noviembre. Una lluvia amarga y helada que me calaba hasta los huesos. El corazón me golpeaba el pecho y la sangre parecía hervirme dentro de mis venas.

-Dame tu mano -le cogí los dedos empapados y ella cerró el puño- por favor...
-Cloddette no... no es buena idea -sabía que no tiritaba del frio.
-Christine dame tu mano.
-Está bien...

Le cogí y le coloqué en mi pecho mientras yo hacía lo mismo. Raramente nuestros corazones iban a la par, ya que ella solía tener las pulsaciones mas débiles y rápidas y yo mas fuertes y lentas, pero en ese momento parecían latir por una misma razón, al compás de November Rain.
Ella me miraba con los ojos nublados de algo que solo ella sabia, yo me limitaba a mirar al suelo, evitando así morirme de ganas por tocarla.

Cloddette, control. Haz lo correcto. Control. Llévala a casa, me repetía para mis adentros.

-Ven, te llevaré a casa.
-Cloddette... -gruñó ella todavía mas cerca de mi rostro pálido y frío, lleno de gotas de lluvia resbalando por mis mejillas- te daré una lección.

Y se abalanzó sobre mi, ahogando un grito de desesperación empotrándome contra una reja. Le agarré del cuello, del pelo húmedo, de su cintura, de sus muslos... Oh por Dios, que dulce y lenta agonía... que placentera sensación de desenfreno. Las dos gemíamos mientras sus dientes arrancaban mis labios y mis uñas arrancaban la piel de su cuello. La deseaba. La deseaba mucho. La lluvia se aceleraba al mismo tiempo que mis impulsos mas primarios. La empotré contra el coche de enfrente y el sonido de su cuerpo contra el cristal pareció el choque de dos rocas. Gemíamos mas alto, cerrando los puños entre su pelo oscuro y aferrándome a su aliento como si se tratara de una bocanada de aire entre tanta ceniza, entre tanta muerte dentro de mis pensamientos, entre tantos rayos cegadores de un atardecer mortal.

Entonces paró y me llevó a hacer la locura más grande de nuestras vidas. Robó las llaves del coche de su madre y fuimos corriendo bajo la lluvia hasta llegar a su paradero.

-Entra y siéntate en el asiento de atrás... -me ordenó.
Puse la cara mas dulce e insultantemente buena que pude para parecer más dócil de lo que mis intenciones eran. La quería entre mis piernas, la quería allí y ahora. La humedad se expandía por su sexo y lo olía desde el asiento del pasajero.
Luego ella se sentó conmigo y le agarré de la cara y la bese como si me aferrara a un clavo ardiendo.

Me puse encima de ella, moviendo mis caderas y la tensión aumentaba a pasos agigantados. Oh por Dios, házmelo ya...

-Qué ganas tengo de follarte, Cloddette... -susurró entre dientes afilados- eres mía... solo mía...
Gemí mas fuerte y la ropa tardó pocos segundos en desaparecer. Y entré dentro de ella. Ella gritó de placer y yo me fundí entre sus pechos. Hacía tanto tiempo que deseaba ese momento... el momento en dejar de fingir, de olvidarse del miedo, de lo correcto y poder ser esos animales que siempre habíamos sido. Era ella, la que cada noche soñaba entre mis sabanas, la que me mataba con solo mirarme a los ojos, la que me apuñalaba en el estómago a cada respiración... era un suicidio.

Es cierto, esa noche era Luna llena y yo debía estar mas débil que nunca... sin embargo justamente esa noche hacía un mes que era hija de Padre y mis poder aumentaba cada vez que se acercaba mas el amanecer. Mis ojos más negros que mi sombra y mi corazón en llamas quería más y más y más y más... la quería a ella. A su cuerpo desnudo, a sus dedos dentro de mi, a su lengua recociéndose por mi cuello, a sus muslos de algodón, a su olor...

Y pasó lo que había temido toda la noche. Sus ojos se volvieron claros, los míos mas oscuros que la noche, ella clavó sus colmillos en mi piel frágil del cuello, perdió el control... y lo tuve que hacer.

Mis uñas perforaron su pecho y partieron sus costillas hasta llegar a su corazón y deslicé unas cadenas de hierro ardiendo para envolverlo hasta frenar sus impulsos asesinos contra mi. Ella sacudió el cuerpo para deshacerse de mi y entonces puse la otra mano en su espalda y la atravesé. Tenía mis manos perforándole por la mitad todo el tórax y ella entonces paró de resistirse, dejando de respirar por unos segundos. La había domado. Nunca antes había domado a esa fiera felina e imparable bestia de la noche pero lo hice, con un simple aleteo de mariposa derribé sus muros y la até con cadenas hasta salvarme la vida a mi misma.

No... había cambiado algo en mi, mi Padre me dio la fuerza, ese “algo” que necesitaba para acabar de eclipsar su fuerza. Ahora, después de tantos años de búsqueda por fin había encontrado la clave para poder lidiar con ese león feroz que, hasta ahora, me había dominado con mi consentimiento.
Pero eso se terminó, ella es Luna llena, yo Sol de atardecer, ella es hielo, yo fuego, y esto... solo acaba de empezar.


martes, 12 de noviembre de 2013

Yo, inmortal.

Debería alejarme de ella. De su olor, de sus manos, de su mirada... debería empezar a hacer las maletas para irme a Madrid. Debería sentir odio por esa persona que me ha hecho estar muerta durante todo un mes, sin reír, sin comer, sin existir...
Soledad... es todo lo que recuerdo que he pasado hasta ahora. Drogas, alcohol... mala vida solo para rellenar un vacío enorme en mi pecho, como si un taladro me perforara el estomago sin acabar de matarme nunca.
Soy fuerte, lo sé, también se que todavía tengo un largo camino sola, sin depender ni de nadie, ni de nada, completamente desnuda ante el frío invierno. “Habrán otras mujeres, mas hermosas, mas dulces, y no te harán daño...” me dicen a menudo, pero me da igual. Supongo que lo único que jamás cambiará es mi lado masoca adicto al veneno de su piel.
Intento no recordar nada, ni noches en la cama haciendo el amor, ni mañanas con besos tiernos en los labios, ni tardes riendo de tonterías fumando cigarrillos, ni miradas aterciopeladas, ni sonrisas de media luna, ni llantos de desesperación de no poder tenerla siempre a mi lado, ni despedidas de estación... nada existió.
Jamás existió un nosotras, jamás existieron todos esos momentos agridulces, jamás me tocó, jamás me besó, jamás la desee...
Jamás volveré a ser la que era, ese animal caprichoso de ojos de gato con ganas de morder a lo tonto. Es hora de madurar, de saber jugar bien mis cartas y de volver a reinventarme para no cometer otra vez los mismos errores. De empezar de cero, de reconocer mis defectos y empezar a corregirlos YO SOLA. Voy a ser fuerte, a valorarme y a tirar hacia delante con garras si hace falta, pero no voy a caerme. No voy a ser cazada jamás a no ser que me deje por alguna razón. No me van a decir lo que tengo que hacer porque estoy cansada de acatar ordenes. Voy a demostrarme a mi misma que no necesito nada para ser yo misma y que si quieren fuego, fuego tendrán.
Recuerdo una joven de pelo ondulado y largo, rubio cobrizo con mis mismos ojos que me hacia fuerte... ella ya no está pero yo sigo siendo la misma. No me voy a perder otra vez, porque estoy segura de quien soy. Se lo que quiero, el como, el cuando, el quién y el dónde, y nadie me va a parar.
Y en cuanto esté recuperada... resurgiré de mis cenizas.

Si quieres jugar, que sea en mi campo y tenlas todas de que no me vas a derribar, ésta vez no.

lunes, 11 de noviembre de 2013

La caja de Pandora

El sonido de la música alegre envolvía la sala principal de la casa del terror mientras los actores y las actrices bailaban euforicamente entre ron y whisky barato para celebrar el éxito que había tenido ese año. A pesar de la multitud solo podía fijarme en sus ojos que controlaban cada movimiento que hacía mi cuerpo.
Me distancié lentamente de la gente sin dejar de bailar y me dirigí al pasillo que daba al recorrido de la planta baja del pavellón. Me quedé de pie en el marco de la puerta y mi mirada se volvió para conectar con sus ojos una vez mas. Ella enfrió sus pupilas como si le hubieran susurrado algo en al oído, una especie de provocación.
De repente empezó a caminar con pasos decididos hacia mi y yo, con un movimiento más rápido que la pólvora, me esfumé por el pasillo oscuro. Llegué a la primera sala, una habitación de hotel. Me paré. Sentía adrenalina, miedo, placer... fuego. Ese fuego que apenas recordaba. Llamaradas dentro de mis ojos negros buscando cualquier sonido, cualquier movimiento. Entonces ella apareció.

“Que empiece el juego”, susurré para mis adentros.

Corrí por los pasillos negros como una gacela huyendo despavorida de las garras del león, como solíamos hacer hacía un tiempo atrás. Me giré y no la vi por ninguna parte, pero sabía que estaba por allí. Su olor dulce como la miel y suave como la seda perduraba en el ambiente. Sería capaz de olerla a metros de distancia. Mi respiración se entrecortaba y las piernas me temblaban. Y cuando me volví allí estaba ella, con una sonrisa fría, cruel, cínica.. y me caí ante sus pies. El suelo duro chocó contra mis rodillas que habían dejado de aguantar mi cuerpo pero no sentí dolor. El león había sorprendido a su presa de improvisto... y eso le divertía. Pero me levanté. No se como, me tiré para atrás como pude y con una extraña pirueta me puse en pié y corrí hasta no poder respirar. Llegué a la selva maya y su complicado laberinto. Allí fue donde, la gacela se quedó atrapada en un callejón sin salida. Era una presa rápida aun que frágil. Ella se acercó lentamente y me cogió del cuello de la camisa, estampándome en un golpe seco contra la pared. Podría haber escapado, salir corriendo como siempre, pero me cansé de correr, el el fondo las dos sabíamos quién acabaría cazando a quién. No quería moverme de allí aunque me costara respirar.

“Muérdeme, hazlo de una vez”.

Poco a poco sus ojos de hielo se fueron fundiendo en los míos de puro fuego, tan oscuros como nuestras almas, haciendo abrirse así la caja de Pandora que habíamos enterrado.

“Muérdeme, acaba conmigo, muérdeme”.