-Lo siento mucho Christine... nunca
quise hacerte daño -sollocé entre sus brazos.
Ella me estrechó mas fuerte. Yo cavaba
mis uñas en su abrigo.
Estábamos empapadas por la lluvia fría
de noviembre. Una lluvia amarga y helada que me calaba hasta los
huesos. El corazón me golpeaba el pecho y la sangre parecía
hervirme dentro de mis venas.
-Dame tu mano -le cogí los dedos
empapados y ella cerró el puño- por favor...
-Cloddette no... no es buena idea
-sabía que no tiritaba del frio.
-Christine dame tu mano.
-Está bien...
Le cogí y le coloqué en mi pecho
mientras yo hacía lo mismo. Raramente nuestros corazones iban a la
par, ya que ella solía tener las pulsaciones mas débiles y rápidas
y yo mas fuertes y lentas, pero en ese momento parecían latir por
una misma razón, al compás de November Rain.
Ella
me miraba con los ojos nublados de algo que solo ella sabia, yo me
limitaba a mirar al suelo, evitando así morirme de ganas por
tocarla.
Cloddette, control. Haz lo correcto.
Control. Llévala a casa, me
repetía para mis adentros.
-Ven,
te llevaré a casa.
-Cloddette...
-gruñó ella todavía mas cerca de mi rostro pálido y frío, lleno
de gotas de lluvia resbalando por mis mejillas- te daré una lección.
Y se
abalanzó sobre mi, ahogando un grito de desesperación empotrándome
contra una reja. Le agarré del cuello, del pelo húmedo, de su
cintura, de sus muslos... Oh por Dios, que dulce y lenta agonía...
que placentera sensación de desenfreno. Las dos gemíamos mientras
sus dientes arrancaban mis labios y mis uñas arrancaban la piel de
su cuello. La deseaba. La deseaba mucho. La lluvia se aceleraba al
mismo tiempo que mis impulsos mas primarios. La empotré contra el
coche de enfrente y el sonido de su cuerpo contra el cristal pareció
el choque de dos rocas. Gemíamos mas alto, cerrando los puños entre
su pelo oscuro y aferrándome a su aliento como si se tratara de una
bocanada de aire entre tanta ceniza, entre tanta muerte dentro de mis
pensamientos, entre tantos rayos cegadores de un atardecer mortal.
Entonces
paró y me llevó a hacer la locura más grande de nuestras vidas.
Robó las llaves del coche de su madre y fuimos corriendo bajo la
lluvia hasta llegar a su paradero.
-Entra
y siéntate en el asiento de atrás... -me ordenó.
Puse
la cara mas dulce e insultantemente buena que pude para parecer más
dócil de lo que mis intenciones eran. La quería entre mis piernas,
la quería allí y ahora. La humedad se expandía por su sexo y lo
olía desde el asiento del pasajero.
Luego
ella se sentó conmigo y le agarré de la cara y la bese como si me
aferrara a un clavo ardiendo.
Me
puse encima de ella, moviendo mis caderas y la tensión aumentaba a
pasos agigantados. Oh por Dios, házmelo ya...
-Qué
ganas tengo de follarte, Cloddette... -susurró entre dientes
afilados- eres mía... solo mía...
Gemí
mas fuerte y la ropa tardó pocos segundos en desaparecer. Y entré
dentro de ella. Ella gritó de placer y yo me fundí entre sus
pechos. Hacía tanto tiempo que deseaba ese momento... el momento en
dejar de fingir, de olvidarse del miedo, de lo correcto y poder ser
esos animales que siempre habíamos sido. Era ella, la que cada noche
soñaba entre mis sabanas, la que me mataba con solo mirarme a los
ojos, la que me apuñalaba en el estómago a cada respiración... era
un suicidio.
Es
cierto, esa noche era Luna llena y yo debía estar mas débil que
nunca... sin embargo justamente esa noche hacía un mes que era hija
de Padre y mis poder aumentaba cada vez que se acercaba mas el
amanecer. Mis ojos más negros que mi sombra y mi corazón en llamas
quería más y más y más y más... la quería a ella. A su cuerpo
desnudo, a sus dedos dentro de mi, a su lengua recociéndose por mi
cuello, a sus muslos de algodón, a su olor...
Y pasó
lo que había temido toda la noche. Sus ojos se volvieron claros, los
míos mas oscuros que la noche, ella clavó sus colmillos en mi piel
frágil del cuello, perdió el control... y lo tuve que hacer.
Mis
uñas perforaron su pecho y partieron sus costillas hasta llegar a su
corazón y deslicé unas cadenas de hierro ardiendo para envolverlo
hasta frenar sus impulsos asesinos contra mi. Ella sacudió el cuerpo
para deshacerse de mi y entonces puse la otra mano en su espalda y la
atravesé. Tenía mis manos perforándole por la mitad todo el tórax
y ella entonces paró de resistirse, dejando de respirar por unos
segundos. La había domado. Nunca antes había domado a esa fiera
felina e imparable bestia de la noche pero lo hice, con un simple
aleteo de mariposa derribé sus muros y la até con cadenas hasta
salvarme la vida a mi misma.
No...
había cambiado algo en mi, mi Padre me dio la fuerza, ese “algo”
que necesitaba para acabar de eclipsar su fuerza. Ahora, después de
tantos años de búsqueda por fin había encontrado la clave para
poder lidiar con ese león feroz que, hasta ahora, me había dominado
con mi consentimiento.
Pero
eso se terminó, ella es Luna llena, yo Sol de atardecer, ella es
hielo, yo fuego, y esto... solo acaba de empezar.
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