lunes, 18 de noviembre de 2013

Eclipse

-Lo siento mucho Christine... nunca quise hacerte daño -sollocé entre sus brazos.

Ella me estrechó mas fuerte. Yo cavaba mis uñas en su abrigo.
Estábamos empapadas por la lluvia fría de noviembre. Una lluvia amarga y helada que me calaba hasta los huesos. El corazón me golpeaba el pecho y la sangre parecía hervirme dentro de mis venas.

-Dame tu mano -le cogí los dedos empapados y ella cerró el puño- por favor...
-Cloddette no... no es buena idea -sabía que no tiritaba del frio.
-Christine dame tu mano.
-Está bien...

Le cogí y le coloqué en mi pecho mientras yo hacía lo mismo. Raramente nuestros corazones iban a la par, ya que ella solía tener las pulsaciones mas débiles y rápidas y yo mas fuertes y lentas, pero en ese momento parecían latir por una misma razón, al compás de November Rain.
Ella me miraba con los ojos nublados de algo que solo ella sabia, yo me limitaba a mirar al suelo, evitando así morirme de ganas por tocarla.

Cloddette, control. Haz lo correcto. Control. Llévala a casa, me repetía para mis adentros.

-Ven, te llevaré a casa.
-Cloddette... -gruñó ella todavía mas cerca de mi rostro pálido y frío, lleno de gotas de lluvia resbalando por mis mejillas- te daré una lección.

Y se abalanzó sobre mi, ahogando un grito de desesperación empotrándome contra una reja. Le agarré del cuello, del pelo húmedo, de su cintura, de sus muslos... Oh por Dios, que dulce y lenta agonía... que placentera sensación de desenfreno. Las dos gemíamos mientras sus dientes arrancaban mis labios y mis uñas arrancaban la piel de su cuello. La deseaba. La deseaba mucho. La lluvia se aceleraba al mismo tiempo que mis impulsos mas primarios. La empotré contra el coche de enfrente y el sonido de su cuerpo contra el cristal pareció el choque de dos rocas. Gemíamos mas alto, cerrando los puños entre su pelo oscuro y aferrándome a su aliento como si se tratara de una bocanada de aire entre tanta ceniza, entre tanta muerte dentro de mis pensamientos, entre tantos rayos cegadores de un atardecer mortal.

Entonces paró y me llevó a hacer la locura más grande de nuestras vidas. Robó las llaves del coche de su madre y fuimos corriendo bajo la lluvia hasta llegar a su paradero.

-Entra y siéntate en el asiento de atrás... -me ordenó.
Puse la cara mas dulce e insultantemente buena que pude para parecer más dócil de lo que mis intenciones eran. La quería entre mis piernas, la quería allí y ahora. La humedad se expandía por su sexo y lo olía desde el asiento del pasajero.
Luego ella se sentó conmigo y le agarré de la cara y la bese como si me aferrara a un clavo ardiendo.

Me puse encima de ella, moviendo mis caderas y la tensión aumentaba a pasos agigantados. Oh por Dios, házmelo ya...

-Qué ganas tengo de follarte, Cloddette... -susurró entre dientes afilados- eres mía... solo mía...
Gemí mas fuerte y la ropa tardó pocos segundos en desaparecer. Y entré dentro de ella. Ella gritó de placer y yo me fundí entre sus pechos. Hacía tanto tiempo que deseaba ese momento... el momento en dejar de fingir, de olvidarse del miedo, de lo correcto y poder ser esos animales que siempre habíamos sido. Era ella, la que cada noche soñaba entre mis sabanas, la que me mataba con solo mirarme a los ojos, la que me apuñalaba en el estómago a cada respiración... era un suicidio.

Es cierto, esa noche era Luna llena y yo debía estar mas débil que nunca... sin embargo justamente esa noche hacía un mes que era hija de Padre y mis poder aumentaba cada vez que se acercaba mas el amanecer. Mis ojos más negros que mi sombra y mi corazón en llamas quería más y más y más y más... la quería a ella. A su cuerpo desnudo, a sus dedos dentro de mi, a su lengua recociéndose por mi cuello, a sus muslos de algodón, a su olor...

Y pasó lo que había temido toda la noche. Sus ojos se volvieron claros, los míos mas oscuros que la noche, ella clavó sus colmillos en mi piel frágil del cuello, perdió el control... y lo tuve que hacer.

Mis uñas perforaron su pecho y partieron sus costillas hasta llegar a su corazón y deslicé unas cadenas de hierro ardiendo para envolverlo hasta frenar sus impulsos asesinos contra mi. Ella sacudió el cuerpo para deshacerse de mi y entonces puse la otra mano en su espalda y la atravesé. Tenía mis manos perforándole por la mitad todo el tórax y ella entonces paró de resistirse, dejando de respirar por unos segundos. La había domado. Nunca antes había domado a esa fiera felina e imparable bestia de la noche pero lo hice, con un simple aleteo de mariposa derribé sus muros y la até con cadenas hasta salvarme la vida a mi misma.

No... había cambiado algo en mi, mi Padre me dio la fuerza, ese “algo” que necesitaba para acabar de eclipsar su fuerza. Ahora, después de tantos años de búsqueda por fin había encontrado la clave para poder lidiar con ese león feroz que, hasta ahora, me había dominado con mi consentimiento.
Pero eso se terminó, ella es Luna llena, yo Sol de atardecer, ella es hielo, yo fuego, y esto... solo acaba de empezar.


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