Me había llamado a las ocho diciéndome
que la reunión se retrasaría. Son las doce y todavía sigo aquí,
en la cama, con los ojos abiertos como platos y con miedo de volver a
descubrir esas manchas de pintalabios rosa pastel en el cuello de su
camisa.
Oigo la puerta como se abre torpemente
desde la entrada. Cierro la luz y me hago la dormida. Intento
respirar lo más pausadamente posible. ¿Viene acompañado? No, está
hablando por el móvil.”Yo también lo he pasado muy bien nena”,
contesta él aflojando el tono de voz. Lanza un beso y corta la
llamada después de un gran suspiro. Entra en la habitación y se
quita la americana, la camisa, los pantalones y los calzoncillos y se
mete en la cama. Me abraza por la espalda y inclina sus piernas y
genitales a mi dorso.
Ronronea y susurra:
-Cariño, ya estoy en casa, perdón
por tardar tanto, la reunión se ha alargado. -sigo haciendome la
dormida pero con los ojos entreabiertos llenos de lágrimas. Ronronea
de nuevo y siento su erección en mi trasero, seguramente con la otra
chica no ha tenido bastante.
Me giro y lo miro con desprecio, odio y
miedo, y con un movimiento rápido y forzado me da la vuelta
quedándome aplastada contra el colchón. Se monta encima mío.
-Oh nena... te quiero tanto... -me
penetra y grito de dolor.
Solo pienso en todas las noches que me
ha tratado así.
Las embestidas siguen, cada vez mas
rápido y yo, callada, ahogo mis gritos mientras lo oigo gemir de
placer.
Al cavo de unos minutos, que para mí
pasaron como siglos, para y convulsiona ligeramente dejándose caer a
su lado de la cama.
Me duele todo el cuerpo y estoy
aterrada. No puedo moverme. Repaso con la mirada perdida la pared de
la habitación de color crudo, el armario empotrado de madera rojiza,
la mesilla de noche...
de repente, en un acto instintivo me
levanto u cojo el cenicero de piedra situado al lado de la lamparilla
azul turquesa y con un golpe seco le atravieso el cráneo a mi
marido. Él empieza a sangrar.
-¡Hija de puta! Zorra de mierda ¿qué
has hecho? ¡te voy a matar puta!
Se levanta tambaleándose y le doy otra
vez en la cabeza. Él me coge por el cuello y, con un tercer golpe,
pongo punto y final.
Con su cadáver caliente tirado en la
cama, me meto otra vez dentro de las sábanas sangrientas. La olor a
hierro me sube por las fosas nasales y me siento fuerte... en llamas.
-Buenas noches... cariño.
El
cenicero todavía gotea sangre en la alfombra.
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